Sinopsis
Abby, una chica-abeja sin macho, se queda atorada en una flor de la cintura hacia arriba. Dentro de esa flor, siente como unos dedos desconocidos, manos y miembros tocan la sensibilidad de sus órganos sexuales, completamente expuestos.
[...]
Justo en ese momento escuché el aleteo suspendido de una abeja desde afuera. Levanté la cabeza desde el interior de la flor con la esperanza de ser rescatada. ¡Al fin alguien aparecía para liberarme!
―Ayuda, por favor. Estoy atorada y no puedo salir ―dije, moviendo afuera las piernas de arriba abajo para llamar la atención, pero no escuché respuesta alguna a pesar de que el sonido de las alas moviéndose rápidamente seguía ahí, justo detrás de mí―. ¿Hola?
Silencio.
Unas manos se posaron en mis caderas e intentaron jalarme hacia afuera con suavidad, pero no había forma. Paré mi cola y me quedé quieta para colaborar, entonces las manos forcejaron más para tirar otra vez de mí con mucha fuerza, pero apenas me movía. Comencé a desesperarme, poniendo mi trasero más en alto para no oponer resistencia mientras me jalaban hacia afuera.
No hubo caso: mis shorts se rompieron en el proceso. Lo supe por el sonido de la tela rasgándose y el inmediato calor del sol que apuntó a mis nalgas. La humedad de mi coño fue golpeada por sus rayos; y fui consciente de que, como siempre, mi cuerpo hacía lo que quería en las situaciones más estresantes. Me sentí muy apenada y me sonrojé. No sabía cómo miraría a mi salvador cuando saliera ahora que veía mi trasero descubierto.
Entonces sentí sus manos sobre mis nalgas. Quise creer que era porque intentaba tomarme de la cintura para seguir jalándome hacia afuera, pero las caricias a mis glúteos se hicieron innegables. Me asusté. Dejé de respirar de forma inconsciente cuando sus dedos comenzaron a bajar e ir más allá de la zona de la rajita de mis nalgas para indagar hacia mi coño. Mi respiración se contuvo aún más cuando sentí los dedos empaparse en mi coño gracias a mis fluidos, que le permitían deslizarse por los pliegues de mis labios con soltura como quien desliza mantequilla sobre el cuerpo, bajando y subiendo; llevando parte de mis jugos hacia la rayita que separaba mi vagina de mi ano, tanteando cada una de mis entradas con los nudillos.
Los dedos se fueron de pronto y pude soltar el aire que contenían mis pulmones. Estaba sonrojada y muy consciente de la palpitación que se agitaba en mi entrepierna. Creí que todo había terminado hasta que sentí ambas manos en cada nalga separar mis vías de entrada y exponerme a los lujuriosos rayos del sol, que no hacían más que incitar la delicadeza de mi sexo.
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