Comisión para Alex ABC
Sinopsis
Martina adoptó un perro mitad lobo del canil y, desde ese día, tiene la impresión de que él la sigue hasta el baño, e incluso hasta su habitación mientras se masturba.
Alex, su nueva mascota, podría ser mucho más que solo un “buen chico”.
Alex, su nueva mascota, podría ser mucho más que solo un “buen chico”.
La observé masturbarse desde el rabillo de la puerta después de que me echara de su lado. Verla tocarse donde antes me había dado el lujo de probarla —¡benditas patas de perro que no me dejaban desnudarla a gusto!—, hizo que mis esperanzas por cogerla revivieran tras tantos rechazos y quites de su parte.
Martina era mi dueña. Era demasiado guapa: delgada y esbelta, tenía un culo al que quería golpear con mis bolas mientras la cogía. Muchas veces me había echado del baño por espiarla al ducharse, tantas que me hacían estar seguro del color rosado de sus pezones y de sus partes íntimas.
Ella me había elegido en la perrera antes que yo a ella, si hubiera tenido la oportunidad de encontrarla mientras todavía era un hombre. Atrapado en mi forma de perro, estaba imposibilitado de domarla y hacerla mía en mi forma humana: solo el sexo con una mujer que aceptara la abotonación conmigo iba a poder liberarme de la apariencia de un perro. Ella, al verme a los ojos y adivinar mi nombre con ese gesto en el canil de adopción, me había demostrado que era la indicada. Y yo quería tomarla a ella en cada forma que me fuera posible.
Pero antes de pensar en eso, debía convencer a Martina para que se convirtiera en mi hembra y me recibiera dentro en mi forma de perro.
xxx
Creo que Alex sabía lo que había hecho anoche después de echarlo. Por la mañana tomé mi desayuno en la cocina sin cruzar la vista con él. Llené su plato de comida y agua. Lo escuché gimotear como si mi frialdad lo lastimara.
―Vaya tontería…—me dije en voz alta.
No tenía compromisos en el día, así que decidí llevar el resto de mi desayuno a mi habitación para poder concentrarme y adelantar trabajo. Quería tener la noche libre para salir a ligar a un bar y conseguir el buen revolcón que me debía desde hace tiempo, tanto por el trabajo como por culpa de mi exnovio.
La simple planificación del flirteo hizo que me calentara, y antes de siquiera abrir mi computadora, ya estaba sobre mi cama con la mano bajo mi pantaleta, masturbándome a ojos cerrados. Debía estar ovulando, porque me sentía deliciosamente húmeda y dispuesta a tocarme. Mis dedos se deslizaban sobre el terciopelo de mis pliegues. Me quité la prenda para poder abrir las piernas a gusto y sentir el fresco del aire contra mi vulva.
Saqué la lengua hacia afuera del gusto que me daba, porque de pronto, de una forma en que no me explicaba, comencé a sentir sobre mi clítoris húmedas lamidas que me iban orillando hacia un abismo de mucho placer.
Mi perro Alex había hundido su cabeza entre mi coño, desde donde lamía ávido los juguitos de mi sexo. Mi primer instinto al verlo fue echarlo como lo hice anoche, pero ahora que sentía su lengua directamente sobre mi clítoris, con tantos lametones húmedos… mi vista se nubló y tan rápido como alcé la cabeza la eché de nuevo hacia atrás.
En menos de un minuto, me había corrido en el hocico de mi perro.
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