Sinopsis
Rocío recibe una decepción al conocer a su match, Arikles, durante
su primera cita, pues él olvidó el pequeño detalle de decirle que era un centauro. A Rocío solo le gustan los humanos, pero tal vez, cuando vea sus modales de caballero, y otras cosas
destacables, sea incapaz de resistirse a los encantos de su sexy centauro.
—¿Crees que no noto la forma en que me miras y me juzgas?
¿A qué le temes? ¿A que te guste más de lo que ya lo hago? ¿O a que te
demuestre que puedo hacer que te corras una y otra vez si me dejas probártelo?
Rodé los ojos. Ya estaba. Era suficiente.
—Me voy —dije, poniéndome de pie.
En el instante en que me levanté del asiento, él
sostuvo mi brazo con su mano, en un agarre firme pero sin excesiva fuerza. Al
ver que se levantaba para impedirme el paso, pude ver la enorme verga que se le
asomaba salvaje y libre por entre las piernas, casi como una visión hipnótica
que mis ojos seguían sin que yo los controlara del todo. La boca se me hizo
agua al instante: era la verga más gruesa y deliciosa que hubiera visto nunca, y
de inmediato mi entrepierna, mojada como la tenía, comenzaba a palpitar por
reclamar semejante miembro como propio, a sabiendas de que podía destrozarme el
coñito con ese tamaño.
Me quedé paralizada por una ola de deseo que
desconocía como propio de mí, y mi mano temblaba bajo su agarre. No quise
mirarlo a los ojos, porque sabía que él ya se había dado cuenta de lo mucho que
lo deseaba. Y en efecto, su socarrona sonrisa solo me lo comprobó cuando cruzamos
miradas. Me sonrojé y agaché la cabeza, avergonzada.
—Chúpamela —me ordenó con voz firme. Me sobresalté al
escucharlo y tuve que admitir que esa petición mandó un temblor directo a mi
sistema nervioso que terminaba en mi sexo.
No quería. No quería. Era un sitio público, pero la
idea me excita a por completo.
Adivinando mis miedos, acarició mi barbilla y me
obligó a levantar la vista hacia él.
—Si alguien pasa cerca te cubriré con mi chaqueta y
nadie podrá verte debajo de mí.
—No lo sé...
Él adelantó su entrepierna dando un paso con su pata
trasera, invitándome.
—¿Te vas a perder la oportunidad de comerte mi verga
solo porque tienes miedo de que nos vean? —acarició mi rostro, provocativo—. ¿Qué
diría la gente si te ve chupándoselo a un centauro? —sonrió, luego añadió—.
Protegeré tu secreto, Roci
—¿Me lo juras? —pregunté esperanzada.
Él sonrió adelantando las patas traseras para
ofrecerme aún más su grueso pene, que era casi de la extensión de todo mi brazo
a excepción de la mano. Me incliné sobre mis rodillas entre sus patas para
tomarlo con mis manos y sentir su grosor en mi palma, que apenas podía cerrarse
en torno a él. Palpitaba dura al tacto, y mi boca se sentía hambrienta con solo
verla en el intento de cubrirla con mi mano. Separé más mis piernas para que el
fresco de la noche me hiciera sentir entre la minifalda lo húmeda que estaban
mis pantaletas.
Arikles acomodó bien sus cuatro patas para que pudiera
masturbarlo a gusto, pero yo no iba a dejar que esa delicia se perdiera de
probarse contra mi paladar, por lo que la tomé con ambas manos para dirigir
bien el glande a mi boca, degustando su sabor salado, más salado que de
costumbre. Sin mentir, tuve miedo de que en algún momento la mandíbula se me
desencajara por tratar de tener algo tan grande dentro, y agradecí que Arikles
fuera lo suficientemente decente para no comenzar a embestirme la boca como un
animal salvaje, como otros malos amantes habían hecho cuando les había dicho
mil veces que no me cabía toda en la boca. Para mi deleite, mi amante centauro
seguía bien el ritmo con el que mi boca quería tomarlo.
—Ah, Roci, sígue así. Me encanta esa boquita tuya...
Continué chupando al tiempo que acomodaba mejor mis
rodillas, que ya se resentían sobre el césped por la posición en que me
encontraba bajo su vientre, para tenerlo mejor en mi boca. Yo sabía que le
gustaba mucho lo que le estaba haciendo porque lo veía menear la cola de
caballo de forma circular, como un látigo que me impulsaba seguir más a prisa.
Comenzaba a entender por qué a las otras mujeres les
gustaba tanto la verga animal: su grosor y sabor no se podían comparar a nada
que hubiera probado antes. Tuve que poner una mano a un costado de mis muslos
para mantener el equilibro y chuparlo: estaba tan duro que ya no necesitaba que
guiara con su otra mano el camino a mi boca, pues él sabía encontrarlo por sí
mismo, sin abusar de su posición y su tamaño para provocarme arcadas. Arikles
no estaba comportándose como un patán buscando meterla más allá de lo que me
cabía en la boca; por el contrario, dejaba que yo guiara el ritmo con el que lo
estaba tomando, y a mí me gustaba oírlo jadear cada vez que descubría un truco
con mi lengua sobre su piel sensible. Tenía tan buen sabor...
—Detente.
Me descoloqué ante su petición, y de inmediato me
paralicé al imaginar qué estaba ocurriendo.
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